Casi tres de cada cuatro toneladas de atún que se capturan en el mundo salen de poblaciones que la ciencia pesquera clasifica como saludables. La cifra de 97 % la aporta la International Seafood Sustainability Foundation (ISSF) en su informe anual sobre el estado de las pesquerías atuneras, y marca una distancia notable frente al 70 % que la propia organización registraba hace apenas unos años. Para una industria acostumbrada a moverse bajo el escrutinio permanente de gobiernos, científicos y consumidores, el dato funciona como un termómetro de que las reglas impuestas en la última década están dando resultado.

El atún no reconoce límites territoriales. Se desplaza entre aguas de decenas de países y es capturado por flotas de distinto origen, lo que obliga a que su conservación dependa de las Organizaciones Regionales de Ordenación Pesquera (OROP), los organismos encargados de fijar cuotas, vedas, límites al esfuerzo pesquero y medidas de protección para los ejemplares juveniles en cada océano. La mejora que refleja la ISSF no es, por tanto, el resultado de una sola política nacional, sino de años de negociación multilateral y de la aplicación sostenida de medidas técnicas —reducción de la mortalidad pesquera, límites de captura, regulación de los dispositivos de concentración de peces, protección de especies acompañantes y mayor observación a bordo— coordinadas entre países que compiten por el mismo recurso.

EL ARGUMENTO ECONÓMICO DETRÁS DE LA CONSERVACIÓN

Miguel Herrera, director científico de la Organización de Productores Asociados de Grandes Atuneros Congeladores (OPAGAC), plantea que leer este avance solo en clave ambiental sería incompleto. Poblaciones más sanas significan también mayor previsibilidad para una actividad que sostiene empleo, inversión industrial y desarrollo en numerosos países costeros, muchos de ellos con economías fuertemente dependientes de la pesca y su cadena de transformación. La estabilidad biológica del recurso es, en ese sentido, condición previa para la estabilidad económica de toda la cadena de valor: flotas, puertos, plantas de proceso, comercializadoras y proveedores auxiliares distribuidos en distintos continentes.

La dimensión de la demanda europea explica por qué este dato interesa especialmente al otro lado del Atlántico. La Unión Europea consume más de diez millones de toneladas de productos pesqueros al año y concentra buena parte del comercio mundial de atún, tanto en fresco y congelado como en conserva. Esa posición convierte a Europa en uno de los principales destinos de las capturas y de los productos transformados, y traslada al bloque comunitario una responsabilidad directa sobre la legalidad y la trazabilidad de lo que entra a su mercado —un vínculo que conecta el desempeño de las pesquerías de origen con las exigencias de control que enfrentan los países exportadores, Ecuador entre ellos.

La ISSF y OPAGAC coinciden en advertir contra una lectura simplificada del 97 %. El promedio agrega océanos, especies y poblaciones con situaciones muy diferentes entre sí, y algunas pesquerías siguen enfrentando sobrepesca, exceso de capacidad de flota, captura de ejemplares juveniles, vacíos de información científica o dificultades para hacer cumplir las medidas ya acordadas. El propio Herrera plantea que sostener la tendencia dependerá de mantener la gestión basada en evidencia científica, ampliar la transparencia y reforzar la colaboración entre administraciones, sector productivo, comunidad investigadora y organizaciones sociales.

Consolidar la mejora exigirá avanzar en trazabilidad, control portuario y lucha contra la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada.

El propio dato es, a la vez, un logro y una advertencia. Confirma que la recuperación de recursos pesqueros altamente explotados es posible cuando coinciden voluntad política, cooperación internacional y compromiso del sector privado. Pero también deja claro que el margen de retroceso existe si se relajan los controles, y que el reto inmediato es extender los avances a las poblaciones que aún soportan mayor presión pesquera. Para la industria atunera —y para países proveedores como Ecuador— la conservación del recurso y la estabilidad económica del sector dejan de ser objetivos separados: avanzan, o retroceden, juntos.