Cada vez que una lata de atún llega a una mesa en Madrid, París o Nueva York, existe una probabilidad alta de que ese pescado haya pasado por las manos de un trabajador manabita. No es un dato menor. Manta es el principal puerto pesquero del Ecuador y lleva con orgullo el título de “Capital Mundial del Atún”, mérito ganado a pulso por su liderazgo en captura, descarga y procesamiento. Desde sus plantas, cada año, se escribe buena parte de la historia económica del país.

Este 2 de mayo, cuando el mundo conmemora el Día Mundial del Atún —fecha que las Naciones Unidas proclamaron para recordarnos que este recurso no es infinito y que su gestión sostenible es una responsabilidad compartida— Ecuador celebra desde una posición privilegiada, pero también con desafíos que no pueden ignorarse.

Un gigante en el océano global

Según la Comisión Interamericana del Atún Tropical, Ecuador ocupa el segundo lugar entre los mayores exportadores de atún del mundo, solo por detrás de Tailandia. Una posición que no se construyó de la noche a la mañana, sino durante ocho décadas de inversión industrial sostenida, formación de mano de obra calificada y el aprovechamiento inteligente de una geografía privilegiada frente al Pacífico Oriental.

Los números más recientes revelan una industria que no para de crecer. La Cámara Ecuatoriana de Industriales y Procesadores Atuneros, CEIPA reúne a 12 empresas de la cadena de valor y  según datos del Banco Central del Ecuador las exportaciones del sector llegaron a 1.755 millones de dólares en 2025. De ese total, las empresas socias de CEIPA concentran el 60%, es decir, más de 1.053 millones de dólares.

Pero quizás el dato más sorprendente no está en las exportaciones, sino en lo que ocurre tierra adentro: Ecuador pesca alrededor de 300 mil toneladas de atún al año, pero procesa cerca de 600 mil. La diferencia la explican los barcos de otras banderas —panameños, colombianos, europeos— que llegan hasta Manta y Posorja a transformar su pesca en producto terminado. Ecuador no es solo un país que captura atún; es el centro de procesamiento del Pacífico.

El 90% de la flota atunera nacional opera desde Manta, y desde sus muelles y plantas sale el 70% de todas las conservas de atún que Ecuador exporta. Esa concentración no es casual: es el resultado de décadas de infraestructura, experiencia acumulada y una identidad colectiva construida alrededor del mar.

Detrás de cada lata, hay una historia humana

Las cifras de exportación son la cara visible de algo mucho más profundo. La industria atunera genera más de 120 mil empleos directos e indirectos, y cuando se suma toda la cadena de valor se llega a cerca de 500 mil puestos de trabajo.

Lo más llamativo, sin embargo, no es el número sino quiénes lo componen: el 55% de esa fuerza laboral son mujeres, y el 20% son jóvenes. En un país donde la inclusión laboral sigue siendo un desafío estructural, la industria atunera se ha convertido en uno de los sectores que más oportunidades reales genera para quienes históricamente han tenido menos acceso al mercado laboral.

El atún es, además, el producto de exportación no petrolera con mayor valor agregado del Ecuador. No se vende solo como materia prima: se envasa, se ahúma, se presenta en diferentes formatos y llega procesado a los mercados más exigentes del planeta. La Unión Europea absorbe más de la mitad de todo lo que Ecuador exporta, seguida por Latinoamérica, Estados Unidos y el Reino Unido.

El superalimento que vivía olvidado en la alacena

Más allá de la geopolítica y las exportaciones, el atún merece una mirada más cercana desde el plato de cada día. Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, cada 100 gramos de este pescado aportan alrededor de 29 gramos de proteína de alto valor biológico, con apenas 0,6 gramos de grasa, en su mayoría ácidos grasos omega-3.

Esos omega-3 —concretamente el EPA y el DHA que tanto recomiendan los nutricionistas— contribuyen a reducir el colesterol malo y los triglicéridos en sangre, protegen el corazón y tienen un efecto comprobado en la salud mental: estudios los asocian con la mejora del estado de ánimo y la prevención de la depresión. A eso se suma el selenio, un mineral que actúa como antioxidante celular y regula la función de la tiroides, y la vitamina B12, que junto a la niacina y las proteínas mantiene el metabolismo en marcha.

También hay evidencia de que los ácidos grasos del atún contribuyen a preservar la salud cerebral y a prevenir el deterioro cognitivo con el paso de los años. En definitiva, uno de los alimentos más completos que existen, accesible, práctico y que conecta directamente la despensa de cualquier familia con uno de los sectores más estratégicos de la economía nacional y mundial.

Un recurso que el mundo no puede dar por sentado

Toda esta historia de éxito convive con una advertencia que vale la pena no olvidar. El atún representa el 20% del valor de todas las capturas marinas globales y más del 8% del comercio mundial de productos del mar. Su importancia lo convierte también en uno de los recursos más presionados del planeta.

En este Día Mundial del Atún, Ecuador tiene razones legítimas para celebrar su liderazgo. Pero también tiene la responsabilidad de seguir demostrando que es posible crecer sin destruir, exportar sin agotar y liderar con la mirada puesta en el largo plazo. El océano que hoy alimenta a medio mundo depende, en buena medida, de las acciones y decisiones que se tomen en ciudades como Manta.