La acumulación de conflictos geopolíticos está golpeando al sector pesquero con una intensidad sin precedentes. A la guerra entre Rusia y Ucrania y a la presión arancelaria intermitente del Gobierno de Estados Unidos, se suma ahora el conflicto entre Israel, EE.UU. e Irán, iniciado el 28 de febrero, que ha derivado en el cierre parcial del estrecho de Ormuz, una de las arterias más críticas del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado.

Las consecuencias para la pesca son inmediatas. El precio del barril Brent alcanzó los $109,70 dólares, un incremento del 54% respecto a su cotización un mes antes, justo antes de que estallara el conflicto. El combustible marítimo MGO (Marine Gas Oil) pasó de $791 dólares la tonelada el 20 de febrero a $1.493,5 dólares el 20 de marzo. En pocas semanas, el coste de llenar el tanque de una embarcación se ha casi duplicado, poniendo en jaque la viabilidad operativa de muchas flotas.

La situación amenaza con dejar amarradas en puerto a embarcaciones que, sencillamente, no pueden asumir el gasto de combustible necesario para hacerse a la mar. A ello se suman problemas de suministro en distintos puntos del mundo y una cadena logística cada vez más tensionada.

Los fletes también se han disparado. En determinados corredores y para carga refrigerada, los aumentos oscilan entre $700 y $1.000 dólares. En la zona del conflicto, los incrementos son muy superiores, y la volatilidad es el factor más desestabilizador: los cambios se producen de un día para otro, imposibilitando cualquier planificación contractual.

El impacto macroeconómico amenaza con extenderse. El Banco Central Europeo advirtió en su revisión de marzo que la guerra en Oriente Medio está provocando una revisión a la baja de las perspectivas de crecimiento, ante el previsible freno del consumo y la inversión. La institución recortó su proyección de crecimiento para 2026 en 0,3 puntos porcentuales, del 0,9% al 0,6%, y apunta a un posible repunte de la inflación en Europa de hasta un punto porcentual.

El sector pesquero, que lleva años operando en un contexto de turbulencias acumuladas desde la pandemia de covid-19, enfrenta ahora un escenario en el que los shocks se superponen sin dar tiempo a la adaptación.