Desde finales de febrero, la escalada militar en Medio Oriente ha detenido prácticamente el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, un angosto canal de apenas 54 kilómetros de ancho, que conecta el Golfo Pérsico con el mar de Omán. El resultado: una sacudida que podría afectar directamente a las exportaciones ecuatorianas. 

En 2025, Ecuador exportó 1.755 millones de dólares en conservas y lomos de atún, siendo el segundo exportador mundial del producto. Sus principales mercados —la Unión Europea, Estados Unidos y América Latina— se abastecen en rutas que, directa o indirectamente, dependen de la estabilidad energética y logística de la región del Golfo. Cuando esa estabilidad se rompe, la cadena de costos se ajusta hacia arriba, casi de forma automática.

El efecto dominó de los fletes

El problema no es solo que los barcos no pasen. Los mercados petroleros reaccionaron con rapidez: el precio del crudo Brent ya supera los 90 dólares por barril. Para la industria atunera, eso no es un dato abstracto: el combustible bunker, con el que se mueven los buques portacontenedores que llevan las latas a Europa, está directamente indexado al precio del petróleo.

A ese aumento de combustible se suman las primas de seguro marítimo, que los aseguradores elevan cuando las rutas se perciben como zonas de riesgo, y los sobrecargos por desvío de ruta que cobran las navieras cuando deben alejarse de los itinerarios habituales. El aumento de los costos de energía, fertilizantes y transporte —incluyendo fletes, combustible y primas de seguros— puede incrementar el precio de los alimentos e intensificar las presiones sobre el costo de vida.

Para una industria que opera con márgenes ajustados y que vende en mercados donde la elasticidad de precio es alta, ese combo es especialmente dañino.

La industria atunera ecuatoriana no es ajena a los choques externos. Se observaron repercusiones similares durante la pandemia de COVID-19 y el comienzo de la guerra en Ucrania, que demostraron cómo las interrupciones en los insumos energéticos, de transporte y agrícolas pueden propagarse a través de mercados interconectados. En ambos episodios, los fletes se multiplicaron, forzando a los exportadores a absorber costos o renegociar contratos.

La diferencia con la crisis actual es el contexto financiero en que ocurre. La crisis se produce en un momento en que muchas economías en desarrollo tienen dificultades para pagar su deuda, lo que reduce el margen fiscal y limita la capacidad para absorber nuevas fluctuaciones de precios. Ecuador, con su dolarización y sus compromisos con el FMI, tiene un espacio de maniobra especialmente estrecho para amortiguar este tipo de impacto.